|
Las múltiples alteraciones políticas por las que ha atravesado Palestina, el particular atractivo que tiene esta tierra para millones de hombres, el deseo de reconstruir una antigua nación, han reunido en su territorio a hombres de diversas razas y religiones. Posiblemente no hay ningún otro país donde el mosaico étnico sea tan multicolor.
Esta y otras parecidas razones han determinado la concentración, en Tierra Santa, de las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.
ISLAMISMO:
Los musulmanes, que constituían hasta hace algunos años la mayoría de la población de Tierra Santa, descienden, en su mayor parte, de la población originaria del país que se convirtió al islamismo. Se pueden distinguir los nómadas de los sedentarios. Los nómadas o beduinos están divididos en tribus y gobernados por jeques. De ordinario viven bajo tiendas erigidas en las cercanías de lugares provistos de agua y se dedican al pastoreo. Su vida religiosa está reglamentada por usos tradicionales; no tienen ni ulemas ni mezquitas. Representan el tipo puro de la raza árabe. Los sedentarios residen parte en la campaña (fellahin - aldeanos) y parte en la ciudad.
Los musulmanes de Palestina son casi todos sunitas, divididos en cuatro ritos o escuelas teológicas: safeí, hambalí, hanefí y malekí. Sus preceptos fundamentales son: profesión de fe en la unidad de Dios y en la misión profética de Mahoma, oración cotidiana, limosna legal, ayuno y peregrinación a la Meca. Todos los asuntos religiosos son tratados por el Supremo Concejo Musulmán y los jefes de las mezquitas.
JUDAÍSMO:
Los judíos, antes que comenzase el movimiento sionista, aunque unidos como raza, estaban divididos por razones de rito o de tradiciones. Los de origen español, portugués y marroquí, llamados Sefardíes (Sefarad = España), hablaban un dialecto mezcla de hebreo y español; los procedentes del norte y centro de Europa, llamados "Ashkenazimif (Ashkenaz =Alemania), rígidos observantes de la Torah y del Talmud, usaban un lenguaje alemán entremezclado con palabras hebreas. En la nueva Nación judía, donde viven judíos provenientes de todas las partes del mundo, las diferencias lingüísticas van desapareciendo y el hebreo -la primera lengua oficial del Estado- se ha impuesto a todas las demás. Los actuales judíos son, en su mayoría, de sentimientos liberales. Las cuestiones religiosas están sujetas a los tribunales rabínicos.
CRISTIANISMO:
Originariamente la Iglesia palestina era siríaca, pero al establecerse en Tierra Santa, a fines del s. IV, otros cristianos, de raza e idioma diferentes, nuevos ritos sustituyeron al siríaco con el pasar del tiempo. El Concilio de Calcedonia, 451, elevó a patriarcado la iglesia de Jerusalén, y al ser toda la población cristiana, fue éste un período muy floreciente. Con la ocupación musulmana empezó la descristianización del país, y la comunidad cristiana se redujo a pocos elementos. El patriarcado se vio obligado a recurrir a Constantinopla y, desgraciadamonte, siguió a Bizancio en el cisma (s. XI). Al desaparecer el reino cruzado -que fue incapaz de mejorar la situación -el patriarca latino dejó Tierra Sarita y el griego-ortodoxo fijó su residencia en Constantinopla. Estando prohibida toda obra misionera entre los musulmanes, los franciscanos trabajaron en el s. XIV en la conversión de los ortodoxos y obtuvieron frutos abundantes, especialmente en el s. XIX, cuando el gobierno turco fue más tolerante y concedió mayor libertad a los cristianos. A través de estas circunstancias históricas se formó la actual minoría cristiana en Palestina, dividida en católicos y ortodoxos.
Católicos de rito latino:
Ya hacia el final del s. IV San Jerónimo y Rufino, Santa Paula y Santa Melania fundaron varios monasterios alrededor de Jerusalén, habitados por numerosos monjes de rito latino. A fines del s. VIII los benedictinos poseían un monasterio en el Monte de los Olivos. Con la caída del reino cruzado (1291) todos los religiosos occidentales fueron expulsados de Palestina. Desde el s. XIII los católicos de rito latino fueron dirigidos espiritualmente por los franciscanos que en 1333, gracias a la generosidad de los reyes de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca, pudieron establecerse, en calidad de representantes de los católicos, en la Custodia de los Santos Lugares: nacía así la Custodia Franciscana de los Santos Lugares. Los franciscanos, expulsados a mitad del s. XVI del Cenáculo, adquirieron de los monjes georgianos el convento de San Salvador, que aún hoy día es la sede del Custodio de Tierra Santa, que tiene el privilegio de usar -en determinadas funciones religiosas- insignias episcopales y el título de "Guardián del Santo Monte Sión y del Sepulcro de N. S. Jesucristo". Su jurisdicción se extiende a todos los conventos franciscanos de Israel, Jordania, Siria, Líbano, Chipre y Bajo Egipto. Los franciscanos, que quedaron solos hasta el año 1848, fundaron los primeros núcleos parroquiales de Jerusalén, Belén y Nazaret, a los cuales se añadieron otros más tarde. Desde 1948 Palestina, Transjordania y la isla de Chipre forman una diócesis bajo la jurisdicción del Patriarca Latino de Jerusalén. El clero patriarcal, compuesto de indígenas y europeos, administra numerosas parroquias y misiones. Los franciscanos están al frente de varias importantes parroquias.
Junto a éstas dos vastas instituciones florecen otras muchas Congregaciones religiosas de ambos sexos.
Griegos católicos:
Los católicos de rito bizantino en Palestina, dependientes del Patriarca Melquita de Antioquía, son unos 25.000. El mayor número se encuentra en Galilea. Disponen para la formación del clero del seminario se Santa Ana, en Jerusalén, dirigido por los Padres Blancos.
La iglesia católica está asimismo representada por los Maronitas, Armenios, Sirios, Caldeos y Coptos.
Entre los cristianos separados de Roma predominan los Griegos-ortodoxos los cuales tienen un patriarcado propio en Jerusalén. El patriarcado, la jerarquía eclesiástica y la Confraternidad del Santo Sepulcro están dominados por los griegos de origen helénico; el pueblo y el bajo clero son más bien indígenas. El patriarca de Jerusalén tiene bajo su jurisdicción 12 arzobispos y obispos, casi todos residentes en Jerusalén. Ofician varios santuarios en común con los católicos y administran diversas parroquias.
Los Armenios ortodoxos están representados en Jerusalén por un patriarca cuya jurisdicción se extiende a Siria, Chipre y Egipto. En su monasterio de Jerusalén puede admirarse la hermosa iglesia de Santiago, el seminario y la biblioteca.
Los Protestantes alemanes, ingleses y americanos, comenzaron su actividad misionera en 1830. El obispo anglicano tiene su residencia junto a la catedral de S. Jorge, en Jerusalén.
Hay que recordar entre los ortodoxos a los Coptos, Abisinios y Jacobitas.
OTRAS RELIGIONES:
De la mezcla de los pocos israelitas quedados en el país después de la destrucción del reino de Israel por los asirios (722 a.C.) con los colonos idólatras y extranjeros importados, surgieron los Samaritanos. Hoy son alrededor de 300; viven en Naplusa y Holón. Admiten únicamente como libro inspirado el Pentateuco, y consideran al Garizín como el Monte Sagrado por excelencia. Los Drusos, de procedencia islámica, tienen muchas cosas en común con los musulmanes, pero sostienen que Dios se haya encarnado diez veces, la última de éstas en la persona del califa fatimí Hakem. Son numerosos en el Líbano y principalmente en el Gebel Druze (Siria). En Tierra Santa son unos 24.000. Los Babistas o Bahaistas veneran como fundador al persa Mirza Ali Mohamed, llamado "Bab Allah" = Puerta de Dios, y profesan una religión mezcla de cristianismo e islamismo. Perseguidos en Persia, se refugiaron en Acre y en Haifa donde cuentan unos centenares de adeptos. Hace unos años han erigido un magnífico templo en esta última ciudad.
LOS SANTOS LUGARES Y EL STATU QUO:
Para comprender mejor estas dos palabras latinas, Statu quo, que tanto se repiten en la historia de los Santos Lugares, es menester aclarar antes ciertos particulares.
Existen dos categorías de lugares santos: unos que son de pertenencia exclusiva bien de los católicos o bien de los ortodoxos; y otros cuya propiedad es común a varias y determinadas comunidades cristianas que ejercen contemporáneamente "derechos" de propiedad y culto, como sucede en la Basílica del Santo Sepulcro y en la Basílica y Gruta de la Natividad. Es precisamente a esta segunda clase de lugares santos que se aplica el régimen del "statu quo", y consiste en no hacer ninguna innovación, en dejar las cosas "en el estado en que estaban antes" (in statu quo ante). El simple hecho de cambiar un candelero o de barrer una escalera puede constituir, por parte del copropietario, una infracción del Statu quo para su rival si éste considera que dicha acción va encaminada a despojarle de su derecho. Un poco de historia nos hará comprender mejor el por qué de todo esto.
Hacía ya un siglo que el clero católico había desaparecido de Jerusalén cuando en 1335, Roberto de Anjou, rey de Nápoles, compró los principales santuarios al sultán de Egipto y los entregó a los franciscanos. Estos, a pesar de todas las dificultades, debidas sobre todo a explosiones de fanatismo local, permanecieron en posesión de los santuarios durante más de dos siglos. Los primeros despojos ocurrieron en 1551 coincidiendo con la venida a Palestina de los monjes helenos que suplantaron al clero indígena, y terminaron en 1673. En 1660 los franciscanos habían logrado recuperar los santuarios usurpados gracias a la intervención de Luis XIV, rey de Francia. Como cabía esperar, los monjes helenos de la Confraternidad del Santo Sepulcro, tornaron pronto a la carga, y, en 1757, víspera del Domingo de Ramos, conforme a un plan bien meditado y ayudados por el populacho griego-ortodoxo local, irrumpieron en la Basílica del Santo Sepulcro cometiendo toda clase de vandalismos. No contentos con esto, se presentaron ante las autoridades turcas como víctimas, acusando a los franciscanos de toda clase de intrigas. Es así como arrancaron de la Sublime Puerta el inicuo firmán que asignaba a los griegos, de un plumazo, la Basílica de Belén, la Tumba de la Virgen, más participación con los franciscanos en el Edículo del Santo Sepulcro y Piedra de la Unción. Los esfuerzos de las potencias católicas para hacer revocar este decreto fueron nulos. El Gran Visir, hostil a los católicos latinos, dijo al embajador de Francia en Constantinopla, Vergennes: "Estos lugares pertenecen a mi señor el sultán, y él los da a quien quiere. Es posible que hayan estado siempre en poder de los francos (así se designaba a los católicos latinos en oriente) pero ahora mi señor quiere que sean de los griegos". Hubo otras tentativas por parte de las potencias católicas para hacer revocar este decreto, y casi estuvieron a punto de conseguirlo, pero la intervención rusa -constituida en protectora de los ortodoxos- frustró toda esperanza.
El sultán de Constantinopla, cediendo a la presión rusa, emanó entonces el famoso decreto de 1852, que estipulaba que nada se cambiase al actual estado de cosas. Este decreto, conocido con el nombre de Statu quo, sigue todavía en vigor.
Desde entonces los particulares del Statu quo han sido compilados detalladamente en los registros de las diversas comunidades interesadas, pero, desgraciadamente, ni los franciscanos ni las potencias católicas han podido obtener ninguna codificación oficial de los respectivos derechos. Hay que atenerse, pues, a un modus vivendi, que cada uno de los copropietarios considera como intangible y por cuya aplicación vigila con suma diligencia.
Durante el período del Mandato (1918-1948), Inglaterra se atuvo a la aplicación del Statu quo, aunque más de una vez hubo de ser reprochada por la Sociedad de las Naciones por falta de firmeza en dirimir las cuestiones y por la parcialidad que a veces mostró en las mismas.
Jordania, que ocupaba hasta primeros de junio de 1967 la Ciudad Vieja y Belén, siguió la misma política de Inglaterra en lo referente al Statu quo. El Estado de Israel, que controla desde junio 1967 el territorio donde se alzan estos santuarios, ha manifestado desde un principio el propósito de respetar y aplicar las cláusulas del Statu quo..
El mundo católico tiene que felicitarse por la firmeza y valentía de los franciscanos, que han sabido defender, en cuerpo y alma, los derechos de los católicos en los Santos Lugares.
|