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PERIODO ARCAICO:
Palestina ha estado habitada desde los tiempos más antiguos. El hombre paleolítico ha dejado sus huellas (utensilios de sílex, casas, huesos) en la parte montañosa (Galilea, Judea) y en el Néguev. En el museo de Jerusalén pueden admirarse los impresionantes restos de estos primeros habitantes (cráneo neandertalense del "Homo Galilaensis", esqueletos de las grutas del Carmelo, etc...).
En el neolítico y calcolítico aparecen en las llanuras y en los valles los primeros poblados, y a estos les suceden en seguida las ciudades fortificadas como Jericó, Beisán, Meguido, Jerusalén, 'Ay. El país está en relaciones con el Este (Mesopotamia) y con el Sudoeste (Egipto) y sufre muy particularmente la influencia política del Antiguo Imperio egipcio (hacia el 2700-2100 a. de C.); luego, del Medio Imperio (hacia el 2000-1750 a. de C.), cuyos documentos nos revelan la existencia de numerosos principados y diversos clanes semitas instalados ya en todos los puntos más importantes del país y cuyos nombres recorren frecuentemente la historia.
PERIODO PATRIARCAL:
Cuando Abraham, hacia el 1850 a. de C., partiendo de las orillas del Eufrates entró en la tierra de Canaán, encontró numerosas tribus amorreas y cananeas que habían suplantado, desde hacía varios siglos, a las poblaciones autóctonas. Sucesivas emigraciones acarrearon nuevos elementos de división: árameos, héteos, amorróos rezagados y también cretenses que, traídos al país por alguna tempestad, fueron los precursores de los filisteos. Todos estos pueblos invasores no fueron capaces, sin embargo, de formar un estado autónomo.
La invasión de los Hicsos puso término, por un cierto tiempo, a la dominación egipcia (hacia el 1730) y transformó Palestina en un vasto campo atrincherado, resultando el principal apoyo del imperio fundado por los invasores. Hacia el 1580 a. de C., una vez que Egipto se liberó de los Hicsos, compareció de nuevo en Palestina y durante el Nuevo Imperio (1580-1180) impuso su preponderancia en todos los campos. Con el correr de los años sobrevino la decadencia definitiva que permitió a los hebreos su instalación en Palestina.
ABKAHAM y sus descendientes ISAAC y JACOB no habían hecho otra cosa que vagabundear en el país como nómadas, en busca de pastos buenos, hasta el día en que la fama y la extraordinaria fortuna de JOSÉ les condujeron a establecerse en Egipto en el momento en que los Hicsos consolidaban allí su dominio., En el s. XIII y acaudillados por MOISÉS, los hebreos reaparecieron al este del Jordán. Formaban un pueblo numeroso y se preparaban para conquistar la tierra que Dios había prometido a sus padres. Las primeras etapas de la conquista fueron realizadas bajo el mando de JOSUÉ, sucesor del Libertador. Quedábales por hacer, sin embargo, todavía mucho, pues no sólo tenían que conquistar las ciudades fortificadas, bien mantenidas por los cananeos, sino que también tenían que rechazar a los nuevos invasores que venían del litoral, y preservar al pueblo elegido de las contaminaciones inevitables de una civilización brillante más peligrosa: ésta fue la misión de los JUECES. Estos héroes de la independencia tienen nombres que suenan gloriosamente: DÉBOBA, GEDEÓN, JEFTÉ, SANSÓN y SAMUEL. La falta de cohesión entre las doce tribus, independientes las unas de las otras, fue causa de que fueran dominadas, frecuentemente, por los cananeos. Tal vez hubieran perdido su raza y su unidad específica —tan divididas políticamente— si no hubieran encontrado un centro común en el culto de Yahveh que les unía alrededor del arca de la alianza en el santuario de Silo.
SAMUEL, el último de los jueces, llevó a cabo la reforma religiosa y una cierta unidad nacional, cuyo primer fruto fue la institución de la monarquía.
PERIODO MONÁRQUICO:
SAÚL, el primer rey, tuvo un reinado brillante, que terminó, sin embargo, con el desastre de Gelboé. DAVID, elegido rey por elección divina y por su legendaria valentía, funda una nueva dinastía y realiza la unidad política del reino, elige a JERUSALÉN por capital y combate victoriosamente a todos los enemigos que le circundan. Crea, además, una sólida administración que convierte a su reino en una verdadera potencia del mundo oriental de entonces (1012-972). Su hijo SALOMÓN (972-933) logró consolidar la obra de su padre mediante alianzas con Egipto y Fenicia, pero sobre todo con la construcción en Jerusalén del magnífico Templo, que llegó a ser el centro de la vida religiosa de la Nación. Pero, desgraciadamente, la fastuosidad con que se rodeó, los impuestos excesivos sobre el pueblo y los errores de sus últimos años, produjeron a su muerte la escisión entre las tribus del norte y las del sur, que resultó la creación de dos reinos: al sur el de Judá, con Jerusalén por capital; y al norte el de Efraín, que tuvo a Samaría, un poco más tarde, como centro político. Debilitados ambos por continuas guerras fratricidas, los dos reinos no tuvieron la fuerza suficiente para resistir a las presiones de sus potentes vecinos: el reino de Damasco y el de Asiría. Primero cae el reino del norte, por estar más expuesto y en mayor decadencia: fruto de sus incesantes revoluciones palaciegas y de sus apostasías. SARGÓN, rey de NÍNIVE, se apodera de Samaría en 721, y las tribus del norte fueron llevadas en cautiverio del que no volverían más. El reino de Judá, protegido por la topografía montañosa y mejor defendido contra la disgregación interna por estar más unido a la monarquía davídica y por el influjo espiritual de su templo, tuvo una vida más duradera. Pasada la terrible tormenta de la invasión de Sennaquerib (701), pudo continuar viviendo bastante tranquilo, mientras a su alrededor, Asiría y Egipto peleaban a muerte. La caída de Nínive (612), de la que Judá era más o menos tributario, señaló el principio de sus desgracias. Por haber intentado tomar parte en la gigantesca lucha que conducían Egipto y Babilonia, se atrajo las iras de NABUCODONOSOR, el cual, el año 586, arrasó Jerusalén, incendió el templo, después de haberlo saqueado, y deportó a toda la nación a orillas del "Río DE BABILONIA".
PERIODO DE RESTAURACIÓN:
En los designios de Dios, el destierro no era otra cosa que una prueba pasajera de expiación y de educación; un medio rudo, sí, pero que se había hecho necesario, para inducir al pueblo "de dura cerviz" a formarse una conciencia de su elevada vocación de Pueblo Elegido, mensajero y testigo de la Redención. Después de la conquista de Babilonia (538) por el rey CIRO que concedió la libertad a los prisioneros, hubo un pequeño grupo de judíos dispuestos a reanudar, sobre nuevas bases, la restauración de la nación teocrática.
En medio de dificultades y obstáculos de todo género, los repatriados reconstruyeron el templo y repoblaron Jerusalén bajo el impulso enérgico de ZOROBABEL (516). Pero la obra de la restauración no estaba ni mucho menos terminada. Dos grandes personajes le dieron un definitivo impulso: NEHEMÍAS, que proveyó para la seguridad de Jerusalén reconstruyendo sus murallas, y ESDRAS, que puso en práctica la reforma religiosa vislumbrada y predicada por los profetas. El imperio persa, del que Judá no era más que una ínfima parte, se derrumbaba bajo los golpes de ALEJANDRO MAGNO (332). Judá pasó, con todo el antiguo oriente, bajo la dominación griega. El judaísmo, sin embargo, estaba bien fundado y firme en su adhesión a Yahveh y su Ley: la brillante civilización pagana de los griegos podrá deslumbrarlo por breve tiempo, pero no sofocarlo.
PERIODO GRIEGO:
Al benévolo protectorado de los TOLOMEOS de Egipto (320-198), siguió la dominación cruel y tirana de los Seleúcidas de Siria. Uno de estos, Antíoco IV Epífanes (175-164), intentó aniquilar la religión judía, profanó el templo y prohibió, bajo pena de muerte, la observancia de la Ley. Inmediatamente estalló la revolución, acaudillada por los Macabeos. Tras cinco años de luchas épicas, JUDAS MACABEO, obtuvo la libertad religiosa. Sus hermanos y sucesores, JONATÁN y SIMÓN, consiguieron la independencia política nacional (143). La dinastía de los Macabeos, llamada de los Asmoneos, tuvo sus días gloriosos, pero se arruinó por causa de las sangrientas rivalidades entre sus miembros. Fue precisamente una de estas rivalidades domésticas, año 63, que condujo al general romano Pompeyo bajo los muros de Jerusalén. Los judíos quedarán desde ahora bajo el yugo de Roma.
PERIODO ROMANO:
Los judíos, amén de haber perdido su independencia política, tuvieron que contemplar con dolor el hecho de que sobre el trono de David se sentaba ahora un aborrecido idumeo. En el año 37, HERODES el GRANDE se apoderó de la Ciudad Santa, y desde aquel momento impuso un yugo pesado, cruel, tiránico, más que fastuoso, sobre toda la nación judía. No había apenas muerto el tirano, cuando un astro maravilloso se alzaba sobre Belén de Judá, anunciando al mundo entero que el antiguo trono de David habría sido restaurado por un Rey "cuyo reino no tendría, fin". Después de la muerte de Herodes y la deposición de su hijo ARQUELAO, Judea fue administrada directamente por Roma mediante un procurador, que residía en Cesárea (año 6 d. de Cristo). Durante el gobierno de uno de éstos, PONCIO PILATO, fue cuando NUESTRO SEÑOR ejerció su ministerio de predicación, fue arrestado, condenado y crucificado.
Los judíos, el año 66, exasperados por los vejámenes del procurador FLORO, se sublevaron contra Roma. La guerra duró cuatro años y fue una de las más crueles que recuerde la historia. Finalmente, en el verano del año 70, TITO se apoderó de Jerusalén. La ciudad fue destruida, el templo quemado y los habitantes muertos o llevados cautivos. Se cumplía así la profecía de Jesús (Lc 19, 43-44). Medio siglo después, un aventurero, Bar-Kokheba, intentó hacerse pasar por el Mesías, empezando una nueva sublevación, en unión de sus partidarios, contra Roma. Esta guerra, también cruel, duró tres años (132-135) y terminó con la conquista de Beter (el hodierno Bittir). Esta vez la ruina es definitiva. Palestina se convierte por algún tiempo en un inmenso cementerio y tierra de soledad. Los judíos que pudieron escapar a la matanza, se reunieron en Galilea, especialmente en Tiberíades, alrededor de sus rabinos. Entre tanto, sobre los escombros de Jerusalén, el emperador ADRIANO levanta una ciudad pagana que llamó "Aelia Capitolina".
Con la victoria de Constantino y el triunfo del cristianismo. Palestina surge de entre las ruinas y, repentinamente, se embellece con magníficas basílicas, monasterios y edificios de todo género. El arte sacro, al servicio de Constantino y de SANTA ELENA en el s. IV, de la emperatriz EUDOCIA en el V, y de JUSTINIANO en el VI, creó espléndidos monumentos que indicaron a los fieles los lugares santificados por el nacimiento, vida y muerte del Redentor. Las colinas del Monte Sión, las campiñas de Belén, valle del Jordán, las soledades del desierto de Judea se poblaron entonces de anacoretas y de monjes. Los peregrinos venidos de las regiones más lejanas de oriente y occidente, acudían en masa a los lugares bañados por la sangre divina. A pesar de los violentos ataques de las herejías, Tierra Santa fue verdaderamente en aquella época la tierra de los santos. Las grandes figuras de S. Jerónimo, Sta. Paula y Eustoquio, las dos Melanias, S. Eutimio, S. Sabas, S. Teodosio y S. Cirilo, pasan gloriosamente a través de la historia, a veces turbulenta, de estos siglos de ardiente vida cristiana. Palestina es devastada el 614 por el rey de Persia, Cósroes II, que destruyó casi todos los edificios religiosos. No había terminado aún la restauración por obra de Eraclio (628) cuando Tierra Santa caía en manos de los árabes musulmanes (636).
PERIODO ÁRABE:
Con la invasión árabe los cristianos se pasaron en gran número al islam. Los que permanecieron fieles, si bien tolerados, vivían en una situación precaria; conservaron, no obstante, sus iglesias y las peregrinaciones continuaron. Mas con la venida del califa HAKEM (1010) y la invasión de los Turcos Seljúcidas, la situación se hizo intolerable. El Occidente se conmovió ante este estado de cosas tan lamentable: la heroica epopeya de las cruzadas estaba para comenzar.
PERIODO CRUZADO:
El Papa Urbano II decidió en el concilio de Clermont (1095) la cruzada para la liberación de los Santos Lugares, y ésta se organizó bajo la ardiente predicación de Pedro el Ermitaño de Amiens. Los cruzados atraviesan el Asia Menor y se apoderan de Nicea; penetran a continuación en Siria, se les rinde Edesa y Antioquía e, invadido el norte de Palestina, llegan a Jerusalén, a donde entran, 15 de julio de 1099, después de un memorable asedio. GODOFREDO DE BUILLÓN, jefe de la expedición, es proclamado rey de Jerusalén. Los santuarios cristianos fueron reconstruidos, se edificaron nuevos conventos y se crearon órdenes militares. Pero las divisiones y rivalidades de los príncipes, los manejos de los griegos y la corrupción de las costumbres, ocasionaron en seguida el derrumbamiento del nuevo estado. La segunda cruzada, dirigida por Conrado III de Alemania y Luis de Francia (1147) fue incapaz de contener los progresos de SALADINO que, en 1187, devuelve Palestina a los musulmanes. Nuevas expediciones no tuvieron mejores resultados. En 1291 los cruzados perdían S. Juan de Acre, su último baluarte en oriente. Había expirado el reino latino. Pero mientras las armas cruzadas se habían mostrado impotentes, los hijos de S. FRANCISCO DE ASÍS tomaban pacíficamente posesión de los Santos Lugares, y durante largos siglos y a precio de sufrimientos indecibles, montaron en ellos la guardia, hasta nuestros días, en nombre del mundo católico.
PERIODO OTOMANO:
Palestina pasó a poder de los otomanos en 1516. SOLIMÁN II ciñó a Jerusalén con las actuales murallas. Fue poco más o menos hacia está época que la posesión de los santuarios llegó a ser un continuo objeto de contestación entre latinos, griegos y armenios. El Occidente reapareció en Palestina con las tropas de NAPOLEÓN BONAPARTE, que por un momento llegó a ser amo del antiguo reino cruzado (1799). Con el triunfo de las Potencias Aliadas en la Gran Guerra (1914-1918) vino también la liberación del yugo otomano. El 9 de diciembre de 1917 el general inglés ALLENBY entraba en la Ciudad Santa.
PERIODO MODERNO:
Por la Conferencia de San Remo (abril 1920) Palestina pasaba a ser MANDATO BRITÁNICO, con la misión de realizar la famosa Declaración Balfuor que preveía "el establecimiento en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío", salvando los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías allí existentes. Pero los judíos sionistas pretendieron transformar este "hogar" en un "Estado judío". La reacción de los árabes contra la inmigración judía, siempre más numerosa, y la adquisición de tierras por el "Fondo para la reconstrucción de Palestina" iba en aumento y se hizo cada día más violenta, a pesar de los esfuerzos de la Potencia Mandatario. En vísperas de la segunda guerra mundial, y, sobre una población de casi 2 millones de habitantes, Palestina contaba ya unos 600.000 judíos. La guerra, que trajo la calma al país, permitió a los judíos crear su propio ejército, la "Haganah" (=defensa) equipado y adiestrado por los ingleses. Una vez terminada la guerra, el conflicto se había agravado tanto que obligó a Inglaterra a devolver su "mandato" a las Naciones Unidas. El 14 de mayo de 1948 las tropas inglesas dejaban el territorio de Palestina, estallando inmediatamente la guerra árabe-judía. Con el armisticio firmado en Rodas, marzo 1949, Palestina perdió su unidad política y su tradicional nombre.
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